Covadonga, la batalla que cambió la historia.

Covadonga, la batalla que cambió la historia.

Covadonga, la batalla que cambió la historia.

Cae la noche sobre la montaña asturiana, un grupo de hombres reunido en torno a una hoguera termina una frugal cena tras una jornada de marcha por riscos y peñas, solo piensan en buscar un lugar donde tumbarse para dormir y recuperar fuerzas.

El cielo está despejado, con una temperatura veraniega y una ligera brisa que llega desde el cantábrico que refresca lo suficiente, no tardan en reunirse con Morfeo y al momento una amalgama de ronquidos se mezcla con el sonido de los animales nocturnos, están hechos a esa vida y el inminente enfrentamiento con los invasores musulmanes no les impide dormir sobre el duro suelo de la cordillera asturiana.

Uno de ellos permanece despierto junto a la hoguera, alerta aun sabiendo que varios de sus hombres vigilan el campamento, también sabe que al menos hay dos jornadas de marcha entre ellos y aquellos que mataron a su Rey Don Rodrigo y le obligaron a huir junto a unos pocos hombres a la que siempre había sido su tierra. Han pasado diez años, pero no olvida la traición que permitió al árabe derrotar a Rodrigo, ni como en esos pocos años el ejército musulmán había ocupado toda la península obligando a pagar un tributo a todo aquel que no profesaba su religión, él mismo había aceptado esa sumisión, pero no estaba dispuesto a seguir haciéndolo, en esas montañas estaba su vida y estaba dispuesto a morir para defender su tierra, su religión y su cultura de los traicioneros invasores.

Apenas si ha dormido unas horas, pero con los primeros rayos de luz abre los ojos, se despereza y comienza a preparar su equipaje, sabe que es líder de aquellos valerosos hombres, pero también sabe que es uno más entre ellos, por lo que colabora en las tareas y preparativos para iniciar nuevamente la marcha.

El día ha amanecido soleado, y él está de buen humor, desde que decidió que no seguiría bajo la bota invasora la felicidad había vuelto a su vida. Pronto se vio sorprendido por el gran número de gente que había decidido seguirle a pesar de las remotas posibilidades de victoria. Entre sus compañeros muchos astures, pero también cántabros y galaicos se habían unido en aquella empresa suicida. Eran más de 300 las personas que estaban allí con él, dispuestos a derramar su sangre en aquellas montañas con la esperanza de conseguir una vida mejor, pero también con la necesidad de defender su tierra, su cultura y su religión. Años más tarde, en las crónicas musulmanas, dejarían reflejado que 300 “asnos” se habían revelado en las montañas asturianas.

Pronto todos están listos para partir, pocas son las cosas que hay que recoger y el desayuno es un bocado de pan duro que además empieza a escasear, por suerte las trampas habían funcionado bien aquella noche y ese día tendrían comida en abundancia, algo muy de agradecer si no sabes cuándo será la siguiente, o si la habrá.

A pesar de que pocos días atrás habían tenido que escapar huyendo ante la llegada del ejército musulmán a Piloña, el ánimo y la moral estaban intactas, y ni la diferencia en número y en armas respecto a los invasores les amedrentaba, la muerte no sería peor que la vida bajo la media luna musulmana. Aquel día debían recorrer cerca de 20 kilómetros por aquellos parajes inaccesibles para la mayoría, Pelayo, nombre del hombre al que todos seguían, había decidido el sitio donde quería enfrentar a las huestes enemigas, y ninguno dudaba de la capacidad y valía de aquel hombre, que con su terquedad y entusiasmo había dado una nueva esperanza de libertad a muchos de sus paisanos.

 

Mientras, unos 50 kilómetros al sur, el general musulmán gritaba fuera de sí, insultando a sus hombres y, condenando alguno de ellos a encontrarse con el látigo por su fracaso, aquellos asnos rebeldes se habían escapado de forma inesperada. Ahora tenía que ser él personalmente quién terminara con aquel sin sentido, sabía que solo eran unos muertos de hambre, y aunque estaban dispuestos a entregar su vida por orgullo, de nada les valdría frente a su ejército de entrenados soldados, aun así, hubiera preferido quedarse en casa, en lugar de andar subiendo montañas persiguiendo a unos hombres que se movían por ellas mejor que las cabras, y que tenían menos cerebro que ellas.

Al menos había recibido una buena noticia esa mañana, a pesar de lo difícil que solía resultar para los exploradores seguir el rastro de aquellos infieles insurrectos, en esta ocasión la pista era clara, y la distancia no parecía mucha, con un poco de suerte en tres o cuatro días podría estar nuevamente disfrutando en su hogar de la vida cómoda que tanto esfuerzo la había costado lograr.

Tras varias horas de preparativos, los miles de hombres que formaban su ejercito comenzaron el ascenso, se respiraba un ambiente de victoria entre las filas de soldados, pues sabían que Alá estaba con ellos, no tardarían en cazar a los perros infieles. Ni por un momento pensó Munuza que aquello pudiera ser una trampa, sabedor de su superioridad, mandó a su ejército por las montañas siguiendo las huellas de los rebeldes.

Al caer la noche, apenas habían recorrido unos kilómetros, aquellos parajes dificultaban en extremo el avance de aquel ejército tan numeroso, los hombres estaban cansados y el humor les había ido cambiando hasta que un olor a enfado y hastío se mezclaba con el de la naturaleza que en ese momento les rodeaba. Quizá eso mismo pasaba por la cabeza de Munuza que, a pesar de su negativa inicial a cualquier tipo de negociación con aquellos infelices, finalmente había accedido a deles la oportunidad de rendirse e implorar perdón.

Sus rastreadores le acaban de informar, la duda asoma entre sus pensamientos consciente de que la vida de aquella gente depende de su decisión, rechazar la rendición sería como aceptar la muerte. Sabe del número de soldados que les acechan y de la nula esperanza de victoria. A pesar de los consejos de los sus lugartenientes, Pelayo decide responder por su propia voz a la propuesta, y junto con un grupo reducido de sus hombres de confianza se acerca hasta la comitiva enemiga, pronto comienza a distinguir una figura que le resulta familiar, hasta que es capaz de distinguirla con total claridad, y es en ese momento cuando sus dudas quedan totalmente disipadas, ahora sabe que sacrificaría su vida y la de todo el que quisiera acompañarle con tal de acabar con aquel ejército de traidores. La imagen del arzobispo de Toledo Oppas le hace hervir la sangre, su corazón late con rabia desbocada, aquel gusano que traicionó a Don Rodrigo y entregó la victoria a los musulmanes, aquel que con su acto había provocado la caída del reino. Jamás pactaría con aquella escoria sin palabra.

Pelayo se santiguó, miró con el mayor de los desprecios a Oppas y regresó a la Cueva Dominica donde le esperaban ansiosos de saber los planes que tenía para ellos, ya sabían la decisión que había tomado, todos se mostraron conformes, mejor morir en batalla que someterse de nuevo.

Una gran tienda destacaba en el campamento islamita, en una zona apartada dentro de la misma y junto a una mesa de viaje, Alqama y el resto de lugartenientes acompañan a Munuza que sonríe tras conocer la noticia de la negativa de Pelayo a rendirse, eso le permitirá cumplir sus anhelos de victoria e, incluso de capturar a aquel rebelde y hacerle pagar todo el trabajo y desprestigio que le había ocasionado. Ya se ocuparían después sus escribas de dejar memorias de la gesta para su mayor gloria.

Al amanecer comenzaría la incursión, y solo quería hacer un prisionero.

El plan había salido a la perfección, ahora sus hombres esperaban con tensión la orden de ataque, pero él permanecía sereno, faltaba poco, pero había que esperar. Pelayo observaba el desfiladero por donde el ejército musulmán había entrado persiguiendo el humo que salía de algunas de las cuevas que se encontraban al final del mismo, apenas faltaban unos cientos de soldados para que todos aquellos herejes estuvieran dentro de la ratonera que había preparado y si bien las posibilidades de victoria, o de salir con vida que venía a ser lo mismo, eran muy escasas al menos ahora tendrían la oportunidad de causar un gran número de bajas, rezaba para que la de Oppas fuera una de ellas.

El sonido de una lechuza cruzó las montañas, ningún musulmán pareció sorprenderse a pesar de ser mediodía, pero un rumor comenzó a escucharse en el desfiladero cuando varias lechuzas respondieron desde distintos puntos del desfiladero, alguno levanto tímidamente otros se arrimaron cuanto pudieron a la pared de roca en busca de resguardo, pero el grueso del ejercito se vio sorprendido por una lluvia de grandes rocas que caía por todo el desfiladero.

Munuza y Alqama no percibieron el peligro hasta que un grito de mil gargantas les despertó, a pocos metros, y sin salir de su asombro, vieron como una gigantesca piedra aplastaba a dos de sus guardias personales. La sorpresa y la violencia del ataque llevó a los soldados de vanguardia a tratar de volver sobre sus pasos, pero era en esa zona la lluvia era más intensa, lo que obligaba a seguir avanzado a los soldados de la retaguardia. Pronto los propios soldados estaban causando más bajas en sus filas que las propias piedras lanzadas desde lo alto.

No tardó el desfiladero en llenarse de cuerpos aplastados, amasijos de sangre y vísceras repartidos por la tierra que desprendían un hedor que provocaba los vómitos de los que aún seguían con vida, sin embargo, algunos islamitas habían conseguido reponerse y comenzaron a responder al ataque con sus hondas, por un momento Munuza tuvo la esperanza de que la contienda no estuviera perdida todavía, pero unos gigantes troncos que comenzaban a rodar por el desfiladero arrastrando a decenas de soldados con ellos, le hicieron perder toda esperanza. Había perdido más de la mitad de su ejército cuando, desesperado y temeroso por su propia vida ordenó a voz en grito la retirada.

Los gritos despavoridos y la huida de los invasores no hicieron efecto alguno en Pelayo ni en sus hombres, raro era el que no había perdido un familiar o ser querido bajo la espada de la media luna, no pensaban dar ni tregua ni perdón al enemigo.

Apenas unos cientos de hombres continuaban junto a Munuza en la retirada, que solo pensaba en las explicaciones que tendría que dar y en como revertir la situación lo antes posible, sabía que aquella derrota podía costarle la posición de privilegio de la que gozaba. Cabalgaba deprisa, sin levantar la vista del pedregoso camino para no tropezar, por lo que no vio llegar la flecha, le alcanzó en el pecho derribándolo de su pequeño caballo, sus pensamientos se disiparon, iba a reunirse con Alá.

Pelayo respiraba con dificultad tras la carrera, pero una media sonrisa de satisfacción se dibujaba en su boca, ya sabía que Oppas había sido capturado y pronto pagaría su traición, además su mejor arquero acaba de ensartar al general musulmán frente a sus ojos, el día no podría haber terminado mejor.

La boca le sabía a polvo, a sudor, a sangre, pero sobre todo sabía a victoria.

Poco sabía aquel héroe astur en ese momento de la trascendencia que tendría en la historia aquella batalla en la que 30 hombres y 10 mujeres de un ejército de 300 soldados sobrevivieron tras repeler el ataque y derrotar a un ejército musulmán formado por varios miles de hombres.

Pelayo, tras la Batalla de Covadonga dirigió el pueblo Astur durante 19 años, causando todo el daño que le fue posible al ejército musulmán en varias batallas y escaramuzas que sirvieron para finalmente formar el Reino de Asturias, Pelayo llegó incluso a tomar León, pero tuvo que abandonar la plaza por falta de hombres para defender, sin embargo, consiguió algo que cambiaría la historia de un país, ya que mantuvo segura una zona donde todos los cristianos de la península tuvieron refugio y desde donde, posteriormente comenzaría la reconquista.

Mil años después de aquella batalla, y gracias al valor de sus soldados, a la valentía de los aventureros, y la inteligencia de algunos de sus gobernantes España se convertía en la mayor nación del mundo, formando el impero en el que siempre lucía el sol.

 

 

radelkas@hotmail.com

Gestor Aeronáutico, profesor, amante de la Historia, admirador de la Hispanidad y escritor aficionado. Secretario de Victorial Hispánico.

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